Del ideal del Estado a la práctica: Lo técnico y lo político en el manejo del arbolado de la Ciudad de Buenos Aires

Paula Man

Universidad Nacional de San Martín

Argentina

manpaula4@gmail.com

https://orcid.org/0000-0002-2998-1864

From the ideal of the State to practice: Technical and political knowledge in the management of urban woodland in the city of Buenos Aires

Abstract

Based on an ethnographic analysis of the discourses and practices of tree pruners and inspectors involved in the management of urban woodland in Buenos Aires city, this paper offers a reflection on the tensions between the technical and political aspects within the state management. I shall demonstrate that this is a long–standing issue in modern thought, which has gained particular relevance with the increasing transformations in our environment. The article approaches an ethnographic study conducted while accompanying tree maintenance tasks in a district of the City of Buenos Aires. It is observed that the actors permanently establish a division between the technical and political aspects, classifying different individuals and practices accordingly. While the technical dimension is associated with fixed and indisputable rules based on an objective understanding of nature, the political dimension is related to opinions, values and the pursue of personal benefits. Towards the end of the article, it is shown that, in practice, beyond the ideal, tree pruners and inspectors must adapt abstract norms to the context, combining technical, political, and practical aspects.

Keywords

Ethnography, State, Urban woodland, Technical Knowledge, Politics.

Do ideal de Estado à prática: o técnico e o político na manipulação do arvoredo na cidade de Buenos Aires

resumo

A partir da análise etnográfica dos discursos e práticas dos podadores e inspetoras que atuam na gestão da arborização de Buenos Aires, propõe–se uma reflexão sobre as tensões entre o técnico e o político no campo da gestão estatal. Mostrarei que trata–se de um problema clássico no pensamento moderno, que adquire especial relevância com as crescentes transformações em nosso meio ambiente. O artigo é baseado num trabalho etnográfico que acompanha as tarefas de manutenção de árvores num bairro da cidade de Buenos Aires. Observa–se que os atores estabelecem permanentemente uma divisão entre o técnico e o político, e assim classificam as diferentes pessoas e práticas. Enquanto o técnico está associado a regras fixas e indiscutíveis, o político está relacionado às opiniões, valores e à busca de benefícios pessoais. Ao final do artigo é mostrado que, na prática, além do ideal, os podadores e inspetoras devem adequar contextualmente as normas abstratas, combinando aspectos técnicos, políticos e práticos.

palavras-chave

Etnografia, Estado, Floresta Urbana, Conhecimento técnico, Política.

FECHA DE RECIBIDO 03/06/2023

FECHA DE ACEPTADO 11/09/2023

COMO CITAR ESTE ARTICULO

Man, P. (2023) Del ideal del Estado a la práctica: Lo técnico y lo político en el manejo del arbolado de la Ciudad de Buenos Aires. Revista de la Escuela de Antropología, XXXIII, pp. 1-26. DOI 10.35305/rea.viXXXIII.255

Resumen

Partiendo del análisis etnográfico de los discursos y las prácticas de los podadores y las inspectoras que trabajan en el manejo del arbolado urbano de Buenos Aires, se propone una reflexión sobre las tensiones entre lo técnico y lo político en el ámbito de la gestión estatal. Mostraré que es un problema de larga data en el pensamiento moderno, que adquiere especial relevancia con las crecientes transformaciones en nuestro medioambiente. El artículo se basa en un trabajo etnográfico acompañando las tareas de mantenimiento del arbolado en una Comuna de la Ciudad de Buenos Aires. Se observa que los actores permanentemente establecen una división entre lo técnico y lo político, y clasifican de este modo a las distintas personas y prácticas. Mientras que lo técnico se asocia a reglas fijas e indiscutibles, basadas en un saber objetivo sobre la naturaleza, la política se relaciona con las opiniones, los valores y la persecución egoísta de beneficios personales. Hacia el final del artículo se muestra que, en la práctica, más allá del ideal, los podadores y las inspectoras deben adaptar contextualmente las normas abstractas, combinando aspectos técnicos, políticos y prácticos.

Palabras Clave

Etnografía, Estado, Arbolado Urbano, Conocimiento técnico, Política

Introducción

Durante mi trabajo de campo acompañando las tareas de poda de los árboles de Buenos Aires, llamó mi atención que los podadores y las inspectoras de arbolado remarcaban permanentemente una distinción entre lo técnico –la preocupación desde una mirada científica por el bienestar de los árboles– y lo político –asociado a los valores, las opiniones desinformadas y la persecución egoísta de beneficios personales–. En este artículo, partiendo del análisis etnográfico de los discursos y las prácticas de los podadores y las inspectoras de arbolado, propongo una reflexión, de más amplio alcance, sobre las tensiones entre lo técnico y lo político en el ámbito de la gestión estatal. Como mostraré, se trata de un problema de larga data en el pensamiento moderno, que adquiere especial relevancia en los últimos años con las crecientes transformaciones en nuestro medioambiente.

Aunque usualmente pase desapercibido para los habitantes de las ciudades, los árboles urbanos, para poder existir entre el cemento, los caños y los edificios, requieren de un permanente trabajo de mantenimiento, que incluye las tareas de poda, corte de raíces, extracciones y plantaciones. Con este fin, el Gobierno de la Ciudad –organizado por Comunas desde la reglamentación de la Ley 1.777– otorga licitaciones a empresas tercerizadas que contratan a las cuadrillas de podadores. Además de la inestabilidad laboral que esta modalidad de contrato conlleva, los podadores disponen de escasas medidas de seguridad y deben cumplir largas jornadas de trabajo físico intenso.

Hasta el año 2017, las empresas enviaban a sus cuadrillas de poda a trabajar de forma autónoma. El capataz de cada cuadrilla era el encargado de decidir qué árboles se podaban y cuáles no, y tomaba registro de su trabajo a través de fotografías. La empresa enviaba esta información a la Comuna y ésta le pagaba por árbol podado o extraído. Dicen algunas voces críticas de la poda que, como cobraban por árbol, las empresas mandaban a podar ejemplares que no requerían intervención, o podaban sin tomar demasiados recaudos técnicos en torno al cuidado de la salud y la estética de los árboles.

En el año 2017, la abogada ambientalista Claudia Heras presentó frente a la justicia porteña un recurso de amparo por el incumplimiento de la Ley 3263/09 de Arbolado Público Urbano, y consiguió que la Justicia ordenara la inmediata suspensión de cualquier actividad de poda y/o tala del arbolado público. Desde entonces, para poder volver a realizar estas tareas se volvió obligatorio que estuviera presente una “responsable técnica” o “inspectora” que supervisara que las podas se hicieran de forma correcta y cuando fuera estrictamente necesario. Las inspectoras son contratadas por el Gobierno de la Ciudad a través de un convenio con la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires. Son egresadas o estudiantes avanzadas de distintas carreras de la Facultad,en su mayoría jóvenes mujeres entre veinte y treinta y cinco años. Las inspectoras son quienes dicen a los podadores qué y cómo deben podar de acuerdo a los criterios técnicos, que se encuentran sistematizados en el “Plan Maestro para el arbolado público lineal de la Ciudad de Buenos Aires”.1

Pero más allá de ser contratadas por su mirada técnica, las inspectoras reciben permanentemente presiones políticas del Gobierno de la Ciudad a través de la Comuna, para que en las podas se asegure la satisfacción del vecino, y especialmente, como me decían, de “ciertos vecinos importantes”.2 En este sentido, los actores permanentemente remarcaban una tensión entre lo técnico y lo político. En un sentido similar al que plantea Max Weber sobre la burocracia y la racionalidad científica (2000; 2006; 2011), el trabajo en las podas para las inspectoras, idealmente, debería regirse exclusivamente por una aplicación mecánica de los criterios técnicos que, separados de toda injerencia de la política, no darían lugar a dudas ni discusiones.

Sin embargo, como señalan las inspectoras, “las cosas no son ideales en la Ciudad” y lo propiamente técnico es apenas una mínima parte del trabajo real en la poda. Se mostrará que, en la práctica en las podas, las inspectoras y los podadores deben hacer un permanente trabajo de negociación, conciliando las presiones políticas y la insistencia por satisfacer al vecino (especialmente, al vecino que pide más podas y extracciones), con el objetivo de realizar “buenas prácticas” para el árbol, mientras tienen en cuenta los riesgos del trabajo en altura y las herramientas cortantes, la protección de la propiedad, el cuidado con cables y caños, etc. Hacia el final del artículo se mostrará que esta decisión contextual se vincula a la puesta en práctica de determinada “metis” (Detienne y Vernant, 1991; Scott, 1998; Artaud, 2012; Anand, 2015), ciertos saberes prácticos adquiridos en la experiencia, que permiten adaptar las normas abstractas y generales al contexto particular de cada situación específica (Scott, 1998).

A nivel metodológico, para esta investigación se utilizaron herramientas propias de las metodologías cualitativas. Dentro de éstas, para comprender en toda su complejidad las concepciones nativas del conocimiento técnico y la política, las técnicas que componen el método etnográfico ocuparon un rol fundamental. La observación participante resultó el medio ideal “para examinar críticamente los conceptos teóricos y para anclarlos en realidades concretas” (Guber, 2001:62), siendo “los actores y no el investigador, los privilegiados para expresar en palabras y en prácticas el sentido de su vida, su cotidianeidad, sus hechos extraordinarios y su devenir” (2001:16).

El material recabado se basa, principalmente, en un trabajo de campo prolongado durante los años 2019 y 2020 acompañando semanalmente a una cuadrilla de podadores (“la cuadrilla de Roque”) y a las inspectoras técnicas en el desarrollo de las tareas cotidianas de mantenimiento del arbolado. La mayor parte de las observaciones fueron realizadas en dos Comunas en el centro y centro–sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A su vez, participé junto a las inspectoras de una actividad de formación en “Silvicultura urbana” en la Facultad de Agronomía, con el objetivo de comprender con mayor profundidad las perspectivas sobre el conocimiento técnico y la naturaleza que se transmiten desde la formación académica a las inspectoras. Se complementó la observación participante con el desarrollo de entrevistas etnográficas a actores sociales relevantes del campo estudiado, como inspectoras y vecinos.

Partiendo del análisis etnográfico del caso puntual del arbolado urbano de Buenos Aires, el artículo propone problematizar, de modo más general, la separación que hace el pensamiento moderno entre el conocimiento técnico, pulcro y objetivo, y la política, considerada un campo conflictivo e irracional, contaminado por intereses personales y valores. El desarrollo de este artículo, de manera muy esquemática, se organizará en tres apartados principales en los cuales me centraré sucesivamente en las concepciones locales de la política, el conocimiento técnico y, por último, en las prácticas cotidianas en las podas, donde, lejos de todo ideal, la política y el saber técnico conviven, se negocian y entran en tensión. Cabe aclarar que los nombres de mis interlocutores fueron modificados con el fin de preservar su anonimato.

Lo político

Varias veces, distintas inspectoras me hablaron de una anécdota en torno a la extracción de un árbol frente al estacionamiento de una obra recién construida:

Este año nos mandaron a ver muchos árboles con pedido de extracción (…) El año pasado nos llegó uno que cuando lo fuimos a ver había un edificio ya construido, nuevo, con todos los cartelitos de venta, el garage, y un árbol en el medio, adelante del garage. Los soretes hicieron un edificio y pusieron el garage enfrente del árbol, confiados en que después se los saca la Comuna. No sé... Hay una transa ahí zarpada entre las obras en construcción y la Comuna. Bueno, cuestión, nosotros lo denegamos, lo denegamos… No vamos a sacar un árbol, porque lo que la gente hizo en esa obra que claramente fue ilegal. La obra no te la aprueban. Tenés que presentar los planos con el arbolado. Si el árbol preexiste, vos no podés hacer un garage ahí enfrente. El arbolado es patrimonio de la Ciudad. Nos presionaron mucho para que saquemos ese árbol. Deben hacer negocios… Un plano no te lo aprueban si vos tenés un garage enfrente de un árbol. (Entrevista a Clara, 31/5/2020)

Lo que me contaba la inspectora era que varias veces habían denegado el pedido de extracción de ese árbol porque no había ningún motivo técnico (ni jurídico) para hacerlo –los que pusieron el garage enfrente del árbol hicieron algo ilegal–, pero que, por presiones políticas, las autoridades comunales les insistían una y otra vez para que lo extrajeran. De acuerdo a lo que me relataron, finalmente, a pesar de la firme oposición de las inspectoras, terminaron igualmente sacando el árbol. Felipe, un inspector, se tomó este asunto muy seriamente y fue a hablar con Lombardi, una figura muy reconocida dentro de la Dirección General de Arbolado, que muchas de las inspectoras describen como “la máxima autoridad desde lo técnico”. Frente al reclamo de Felipe, Lombardi le dijo que “es algo político que me excede”, señalando que no había mucho por hacer, dado que la extracción había sido firmada por Manuel, la persona a cargo de las inspectoras de la Subsecretaría.

Desde la óptica de las inspectoras, en comparación con Lombardi, la figura de Manuel es mucho menos legítima desde lo técnico, por ser una figura más política. Él es quien está a cargo de las llamadas “cuadrillas de la Subse”. En paralelo a las cuadrillas que trabajan en las Comunas (dependientes de la Dirección General de Arbolado), hay algunas cuadrillas “especiales” que dependen directamente de la Subsecretaría de Atención Ciudadana y Gestión Comunal del Gobierno de la Ciudad (un área que se encuentra “más arriba” que la Dirección General de Arbolado).

Mis interlocutores me explicaban que estas cuadrillas “especiales” no siguen los lineamientos del Plan Maestro, ni respetan las épocas de poda que allí se establecen, sino que sólo se ocupan de “despeje de cámaras de seguridad y de luminarias, y atienden fundamentalmente pedidos puntuales de poda o extracción. También hay “inspectoras sin Comuna” que dependen directamente de la Subsecretaría y trabajan con estas cuadrillas. Como me relataron, no hay demasiado contacto entre las inspectoras “de Comunas” y las inspectoras “de la Subse”.

Durante una jornada de capacitación a la que asistí en la Facultad de Agronomía, mientras estábamos almorzando con las inspectoras de la Comuna, surgió esta cuestión cuando se sumó Camila, una de estas inspectoras “de la Subse”, y comenzó una discusión. Felipe le dijo en chiste a Camila que “las cuadrillas de la Subse son como el FBI”, refiriéndose a que pueden pasar por arriba de cualquier otra autoridad. Él estaba enojado por esta extracción que había denegado y que, a pesar de eso, la habían hecho igual, “pasando por encima de su autoridad”. La chica señaló que puede pasar que “por ser alguien” quien reclama, manden a las cuadrillas directamente y lo saquen igual, sin aprobación de ningún inspector o inspectora. Esto es lo que llaman “la parte política” que implica, en este caso, decidir qué árboles intervenir según quién lo solicite. El motivo de indignación de Felipe se vinculaba a que lo político se había logrado imponer sobre lo técnico.

Camila, la inspectora de la Subse, comentó que, a diferencia de las otras cuadrillas, estas cuadrillas “especiales” trabajan también durante el período de veda de poda, que es la época en la que, técnicamente, no se puede podar porque el riesgo para la salud del árbol es mayor.3 Las demás inspectoras señalaban indignadas que, para dejar contento al vecino, estas cuadrillas “especiales”, vinculadas a la política, pasan por arriba de cualquier autoridad, y dejan que el árbol “quede como quede”, sin respetar las vedas de poda y definiendo las intervenciones según quién las solicite.

Esta misma clasificación entre lo técnico y lo político se va a extender a todos los actores involucrados en las tareas de mantenimiento del arbolado, e incluso va a servir para pensar las distintas clases de poda que se realizan. Para una inspectora, por ejemplo, la “poda corredor”, la poda planificada de calles completas, es mucho más técnica que las llamadas “podas puntuales”. Las primeras se basan en una planificación que realizan las inspectoras de cada Comuna a partir de sus relevamientos y acorde lo establecido en el Plan Maestro, respetando las épocas permitidas. En cambio, las podas puntuales no surgen de ninguna planificación centralizada, sino que se basan en los reclamos de los vecinos que llaman al 147 (la línea del Gobierno de la Ciudad), y se realizan en cualquier época del año. Estas van a ser las podas más políticas, cercanas al trabajo de las “cuadrillas de la Subse”.

En cuanto a los actores, quienes se considera que se encuentran más vinculados a la política, como Manuel, el inspector de las cuadrillas de la Subse, van a ser vistos con sospecha. Las figuras más señaladas en ese sentido son las autoridades comunales que, de acuerdo a lo que me fueron relatando, son los responsables de las presiones políticas a las inspectoras, a partir de estar involucrados en numerosos “negociados”. Circulaban rumores con respecto que el presidente de la Comuna es un transa4 y que la gerenta que lo acompaña no sabe nada de arbolado, porque “no es ingeniera, es política”. Algo similar ocurre en el caso de Verónica, la ingeniera de la empresa que, a pesar de su condición de ingeniera y su lugar de responsable técnica, distintas personas me señalaron que solamente le interesa quedar bien con el dueño y hacer negocios, pero “los árboles no le importan”.

De un modo similar se clasifica a Mario, un inspector que a pesar de haber entrado a través del convenio de la Facultad como las demás–, a partir de que “sabe de quién hacerse amigo”, fue estableciéndose como una figura dominante entre las inspectoras de la Comuna. A diferencia del resto, él habitualmente no asiste a las podas, sino que trabaja mayormente en la sede comunal en la parte de planificación, asignando las tareas a sus compañeras. Por este y otros motivos, hay muchas tensiones entre Mario y las demás inspectoras, que sospechan que está “entongado”5 con la Comuna y que, por estos “acomodos”, es posible que le den plata o le prometan algún cargo.

“Saber de quién hacerse amigo” y “tener contactos” son herramientas fundamentales para hacer política. Desde esta perspectiva, el político es el que hace negociados –el transa– y el que busca favorecer a ciertos vecinos importantes con el fin de obtener algún provecho personal: beneficios materiales, escalar profesionalmente o conseguir más votos; es el que persigue su propio beneficio pasando por encima de cualquier autoridad, es decir, sin atenerse a ningún marco jurídico ni técnico.

Político es, en este contexto, una acusación, con un fuerte componente moral, que se hace a un otro de quien la persona o el grupo de personas que acusan, se pretenden diferenciar. La política, en este caso, no es concebida como un dominio discreto y preexistente al que los actores automáticamente adscribirían, sino que se trata de una cualidad estrictamente relacional (Zenobi, 2014). Si bien el uso de este término como acusación se encuentra bastante extendido entre las inspectoras, podadores e incluso algunos vecinos, la clasificación de quiénes son políticos y quiénes no lo son varía contextualmente y es objeto de disputa entre los distintos actores sociales.

Resulta interesante pensar los procesos acusatorios en tanto permiten identificar las contradicciones y los conflictos internos de un campo social (Gluckman, 1973). Como señala Zenobi, “frecuentemente esas tensiones profundas encarnan en personas concretas cuyo rol y posición social expresan una indeterminación que resulta preocupante para el resto de los actores” (2010:11). En este caso, como pudimos ver, las acusaciones y sospechas recaen en aquellos individuos con posiciones ambiguas, que en teoría deberían comportarse acorde a su lugar de técnicos –como Mario o Verónica que son ingenieros– pero terminan priorizando intereses y favores personales, comportándose como políticos. Ahondaremos más en las “contradicciones internas” de este campo social, revisando ciertas concepciones modernas sobre lo técnico, paradigmáticas en la obra de Max Weber.

Lo técnico

Para Weber, uno de los procesos que funda la modernidad occidental es el “desencantamiento del mundo”; esto es, la convicción de que no existen poderes ocultos o imprevisibles que gobiernan nuestra vida, sino que, por el contrario, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión (Weber, 2011). Es en este punto que el concepto de “burocracia se torna fundamental, no sólo en el marco de la administración estatal, sino como lógica que organiza, crecientemente, cada uno de los aspectos de la vida social. La burocracia es para Weber un sistema deshumanizado e impersonal que se basa en el cumplimiento mecánico de normas racionales, fijas y claras (Weber, 2006). El conocimiento exhaustivo de estas normas representa una expertise técnica, que cualquier funcionario especializado debe poseer.

Esto garantiza que las tareas se realicen de manera objetivamente eficiente, sin la “contaminación” de valores morales e intereses personales, que Weber ubica en el dominio de la política. A diferencia del debate político, imposible de saldar, porque “los distintos sistemas de valores existentes libran entre sí una batalla sin solución posible” (Weber, 2000:215–216), la burocracia gozaría de una objetividad técnica–jurídica, al utilizar normas inteligibles y, en algún modo, previsibles, por estar sujetas a principios conocidos por todos (Martínez Castilla, 2016).

Casi como en un calco de Weber, el texto del Plan Maestro del Gobierno de la Ciudad, que sistematiza los criterios técnicos, comienza: “La única forma de concebir una gestión eficiente en cualquier ámbito de un Estado Democrático, es establecer un marco legal preciso, claro y completo que permita –ante todo– despegar dicha gestión de los avatares coyunturales” (MAEP, 2013:5). Desde las primeras páginas, se puede ver que el Plan Maestro se encuentra científica y jurídicamente fundamentado, por contar con el asesoramiento de “máximos referentes científicos” (2013:5) y por encontrarse enmarcado en la Ley 3263/09 de Arbolado Público Urbano. Estas fundamentaciones garantizan una “gestión eficientee independiente de los “avatares coyunturales”.

En relación a la “reducción de riesgos”, el Plan Maestro reza:

En general la infraestructura urbana es permanentemente evaluada según códigos que estipulan grados de riesgos previstos y que no dan lugar a dudas ni discusiones, lo que ocurre pocas veces en el caso del arbolado, dando lugar a conflictos innecesarios entre la evaluación profesional, las decisiones políticas de gestión y el parecer de los ciudadanos neófitos (…). Es indispensable entonces, que el equipo de gestión del arbolado urbano reconozca la necesidad de contar con profesionales capacitados y experimentados capaces de manejar con niveles aceptables el riesgo del arbolado urbano (MAEP, 2013:77).

La presencia de “profesionales capacitados y experimentados garantizaría entonces el establecimiento y cumplimiento de criterios claros –en este caso para la evaluación del riesgo– que, como se afirma en el fragmento anterior, sean independientes de las decisiones políticas de la gestión, y no den lugar a dudas ni discusiones. Además de diferenciarse de los avatares de la parte más política, los criterios técnicos se basan en un saber científico que sería distinto del “parecer de ciudadanos neófitos. Durante mi trabajo de campo pude observar numerosas situaciones en que los reclamos de los vecinos, sostenidos por las presiones políticas, entraban en conflicto con los criterios técnicos de las inspectoras.

Los criterios técnicos, basados en el conocimiento biológico sobre los árboles, además de ser una herramienta legítima para decidir qué ejemplares se deben intervenir y cuáles no, son los que permiten delimitar la diferencia entre una “poda correcta” y una “poda mal realizada” (MAEP, 2013:98–99). Como marcaron inspectoras y podadores, un elemento determinante de una “buena poda”, técnicamente, implica evitar los “tocones”, es decir, cortar una rama de gran diámetro abruptamente, sin dejar una rama lateral para que circule la savia (un “tirasavia”) y permitiendo así, con mayor probabilidad, que se pudra la herida. El saber técnico, a partir de asociarse a un profundo conocimiento de “la anatomía de los árboles y sus mecanismos biológicos” (2013:98–99), garantiza, objetivamente, que las podas se realicen de manera correcta.

Así como las normas burocráticas weberianas, como vimos en los últimos apartados, los criterios técnicos de las inspectoras se plantean como un saber “pulcro y ajeno a los vaivenes de lo político” (Frausto Gatica, 2016:86). Mientras que lo político sería algo que “va y viene”, que está sujeto a discusión, a lo impredecible de las relaciones humanas –a la desinformada opinión de “ciudadanos neófitos”, a los intereses o a los valores– lo técnico sería un saber neutral, inmutable y objetivo. Como buen moderno, Weber señala que “la burocracia funciona más perfectamente, cuanto más ‘deshumanizada’ sea, cuanto más exitosamente logre eliminar de los asuntos oficiales, el odio, el amor, y todos los elementos puramente personales, irracionales y emocionales que escapen el cálculo” (2006:58, traducción propia).

Lo que le da la “fijeza” a estos criterios –lo que los despega de los valores, las pasiones, los intereses, en fin: los aspectos “irracionales” de las relaciones humanas– es que el conocimiento biológico en el que se basan, desde un arraigado naturalismo y positivismo, se piensa como un mero reflejo, transparente, de las reglas físicas de la naturaleza, concebidas como eternas e inmutables (Descola, 2012). En esta misma dirección, Latour señala críticamente la distinción moderna, muy presente en la obra weberiana, entre los “asuntos de hecho” [matters of fact] –los hechos científicos, fríos, indiscutibles y objetivos, derivados de la observación directa de los “mecanismos brutos” de una naturaleza que “está ahí afuera” y los “asuntos de interés” [matters of concern], enredados en las contingencias y complejidades de la política y las relaciones sociales (2004; 2007).

Sin embargo, como veremos, más allá de que los criterios técnicos se presentan como “asuntos de hecho”, las inspectoras permanentemente van a insistir en la diferencia de lo que idealmente o en teoría debería hacerse y la práctica, entendida como la complejidad de las circunstancias reales de la Ciudad –que veremos que no son tan “deshumanizadas” ni “pulcras” como plantea el ideal weberiano–. Para esto presentaremos, brevemente y a modo comparativo, las investigaciones de Anand (2015).

La práctica

Como me señaló un inspector, lo propiamente técnico, vinculado a lo que en teoría habría que hacer, es apenas una mínima parte del trabajo real en la poda. Es en esta dirección que, más allá de las distancias geográficas y temáticas, me resulta interesante recuperar los aportes de la investigación de Anand (2015) sobre las controversias políticas y técnicas en el trabajo de los ingenieros en la regulación de las pérdidas del sistema hídrico en la ciudad de Mumbai, en la India. Lo que muestra el autor es que, si bien la ignorancia se presenta, desde el Iluminismo hasta nuestros días, como algo peyorativo, como una falta o incompletud frente a un horizonte deseado de conocimiento total, lo que observa en su caso es que más allá de los propósitos de los especialistas, es imposible de calcular de manera exhaustiva y determinante el volumen de todas las pérdidas del sistema hídrico de la ciudad, y la ignorancia es una parte constitutiva del trabajo de los ingenieros. De hecho, el autor muestra que los diferentes especialistas, desde diversas posiciones políticas, defienden métodos de medición distintos y, por ende, no hay una medición última, objetiva e indiscutible.

Por lo tanto, la eficacia del trabajo de los ingenieros no depende tanto de un cálculo exacto de las pérdidas y su eliminación absoluta –como esa burocracia maquinal y perfectamente eficiente que imaginaba Weber–, sino más bien de un activo proceso de negociación mucho más informal, que permite decidir, contextualmente, qué arreglos priorizar y cuáles, estratégicamente, ignorar. Para esto, toman en consideración las complejidades materiales de la infraestructura hídrica de la ciudad, pero también a la disponibilidad de herramientas y mano de obra, las presiones políticas y los reclamos y necesidades de los habitantes de la ciudad. A pesar de haber sido capacitados en protocolos normalizados para el cálculo y la reparación de las pérdidas, el trabajo de los ingenieros consiste mucho más en el despliegue del ingenio y habilidades de improvisación, que en una aplicación mecánica de procedimientos estandarizados (Anand, 2015).

En este sentido, en mi trabajo de campo, a pesar de esta pretendida objetividad y neutralidad de los criterios técnicos, permanentemente observé, y las inspectoras me señalaron, cómo en la práctica, más allá de ciertos lineamientos generales, hay un gran margen para los criterios particulares de cada inspectora. Cada una de ellas prioriza determinados aspectos y deja de lado otros: algunas le dan más importancia a la salud de los árboles o a lo estético, preocupándose porque la poda sea prolija y lo menos visible que se pueda; otras van a dar más lugar a la prevención de riesgos y el reclamo de los vecinos, acatando las presiones políticas y podando todo lo que ellos solicitan, mientras que otras van a priorizar más la seguridad y comodidad de los podadores.

Resultó ilustrativo cuando, en una jornada de formación en la Facultad de Agronomía, pasamos con varias inspectoras frente a un palo borracho cuyas ramas eran casi paralelas al piso, y mientras que Mechi, una inspectora que priorizaba más la estética de los árboles, se maravillaba por la belleza de las ramas que bajaban, Felipe, otro inspector, dijo que él las sacaría todas, porque “esto molesta”. Al respecto, Clara le dijo en broma “Feli tijeras”, haciendo referencia a que siempre podaba mucho. Lo que se observa es que, a pesar de esta pretendida objetividad técnica, son muchos los desacuerdos entre las especialistas y hay un gran margen de decisión que depende de los criterios de cada una, y de qué elige priorizar en cada situación en particular. Como señalaban permanentemente las inspectoras, una cosa es la teoría y otra es la realidad.6

En esta dirección, Eva, una inspectora, señaló que en un mundo ideal no habría que podar, pero que acá en la ciudad “no queda otra opción”: que hay que cortar las ramas más altas para luego poder recortar las raíces y que no rompan las veredas, o cortar algunas ramas que entran en las casas y molestan a los vecinos, tapando cañerías o llenando todo de hojas. Prácticamente todas las inspectoras van a coincidir con esta posición. Felipe va a decir, mientras un podador “reduce” un fresno que parecía sumamente “desbalanceado” (su tronco estaba inclinado a sesenta grados del suelo hacia un lado, y las ramas crecían muchísimo hacia el lado opuesto), que no está nada bien lo que estaban haciendo con ese árbol, que “teóricamente no se debe cortar más del 30% del follaje”, pero que no les quedaba otra.

Señalaba, una y otra vez, que “hacen lo mejor que pueden”. Cuenta que antes, cuando trabajaba en el campo, apenas intervenía los árboles, pero que en la ciudad “no queda otra que podar así”. Mientras que en el campo –paradigmáticamente más cercano a la naturaleza es posible un tratamiento más próximo al ideal determinado por los criterios técnicos, en la ciudad, “las cosas no son ideales”.

De un modo similar al analizado por Anand, en las podas en la ciudad, más allá de que la teoría se plantea como objetiva, las inspectoras, en la práctica, tienen que negociar permanentemente con el ideal. Un inspector señaló que siempre hay muchas cuestiones prácticas que resolver a la vez: la seguridad de los podadores, el cuidado de la propiedad, los cables, que no le caiga nada a ningún peatón, y especialmente, la presión por resolver los –muchas veces contradictorios– reclamos de los vecinos (algunos pidiendo más podas y extracciones, otros oponiéndose tajantemente a cualquier intervención).

En este entorno “dinámico y contingente” (Anand, 2015:308), más que una aplicación mecánica de los criterios técnicos, el trabajo de las inspectoras –y también el de los podadores, como se mostrará– consiste, principalmente, en el despliegue ingenioso de un conocimiento práctico o metis7 que, así como a los ingenieros analizados por Anand, les permite decidir, contextualmente, cómo aplicar y adaptar las normas estandarizadas a situaciones particulares, complejas y cambiantes (Scott, 1998; Anand, 2015). La metis –próxima al concepto de “tácticas” trabajado por De Certeau (1996)– requiere de una observación cercana y astuta de las condiciones únicas e irrepetibles de cada entorno puntual, y es por eso que se resiste a la simplificación en principios deductivos y abstractos aprehensibles a través de libros o manuales –como el Plan Maestro, o las normas burocráticas weberianas–. Se trata, en cambio, de una habilidad que se adquiere en la experiencia (Scott, 1998). Esto, como veremos, es especialmente relevante en el caso de los podadores.

El trabajo de los podadores

Si bien señalaron muchas veces, y yo misma observé, la “buena onda” que hay entre los podadores y la mayoría de inspectoras de la Comuna, en ocasiones se percibía cierta irritación con que–como dijo Enzo–, uno de los podadores, “venga alguien de afuera y me diga cómo hacer mi trabajo”. Hay una tensión en relación a que las inspectoras vienen de la Facultad, “de afuera”, con toda la teoría, pero que ellos, los podadores, son los que tienen el conocimiento práctico, la experiencia necesaria para hacer el trabajo. Esto lo dicen tanto los podadores como las inspectoras. Eva mencionó en una ocasión que ella “venía con toda la teoría, todo el conocimiento sobre el metabolismo de los árboles”, pero que aprendió mucho más de los podadores que tienen un montón de experiencia.

Marcos, uno de los podadores, efectivamente trabajó muchos años en madereras en Misiones, de donde es originario, y hace doce años que trabaja en las podas en la Ciudad. Como señalaron distintas inspectoras, Marcos tiene muchísima experiencia ysabe lo que hace”, como dijo él mismo en una ocasión. También Roque, el capataz, trabaja en las podas hace diecisiete años, y denota un gran conocimiento sobre el manejo del arbolado. Generalmente, da las indicaciones a los podadores sobre qué y cómo podar junto con las inspectoras, si bien ellas generalmente tienen la última palabra. Se puede ver que los podadores conocen las diferentes especies de árboles y sus particularidades: identifican la dureza de la madera propia de cada especie, que les permite calcular en qué rama pueden sostenerse y en qué rama no; saben identificar cuando un tronco está podrido y/o hueco, lo cual les permite evaluar los riesgos a la hora de treparse; saben de qué manera realizar los cortes para que la rama no caiga abruptamente, y un largo etcétera.

Roque contaba que antes, cuando podaban ellos solos –antes del recurso de amparo y la incorporación de las inspectoras– “no se quejaban casi los vecinos, así que algo debemos saber”; pero que, como señaló luego, “lo que vale es el título”. Como explicó un podador de otra cuadrilla, si bien muchas veces los vecinos críticos de las podas consideran que a ellos no les importan los árboles8, él contaba que a partir de su trabajo le empezaron a gustar; que realmente busca hacer lo mejor posible y que, si se tiene que “colgar” un poco más para cortar una rama que quedó lejos, intenta hacerlo, tratando de “cuidar los árboles dentro de lo posible”.

En contraste con el conocimiento ideal que incorporan las inspectoras en la Facultad, ese “saber lo que se hace” del que se enorgullecen los podadores, producto de su experiencia, incluye el despliegue de una cierta metis (Detienne y Vernant, 1991; Scott, 1998; Artaud, 2012; Anand, 2015), una serie de habilidades prácticas de lo más heterogéneas: además del mencionado conocimiento sobre las distintas especies y sus características, durante su trabajo deben evitar que las ramas al caer dañen vehículos o aleros, calmar a los vecinos enojados, tener cuidado de no romper cables y caños, restringir o regular el tránsito de vehículos y peatones por la zona de trabajo, etc.

Muchas veces deben ellos mismos, con una pinza improvisada, arreglar cables que se cortan, o limpiar la calle y quitar el aserrín de los autos para que los vecinos no se quejen. En todas las podas a las que asistí no dejó de llamarme poderosamente la atención el modo en que los podadores se valían de los (muchas veces escasos) recursos disponibles –los que les brindaba la empresa y también aquellos que se encontraban en la calle– para prestar atención simultánea a todas estas cosas, mientras, se sostenían a veces a diez o quince metros de altura accionando una pesada motosierra, cuidando los árboles “dentro de lo posible”.

Como adelantamos más arriba, la metis implica “una forma de inteligencia, siempre inmersa en una práctica, en la que se combinan el olfato, la sagacidad, la previsión, la agilidad de espíritu, el fingimiento, la astucia, la atención vigilante, el sentido de oportunidad, habilidades diversas, una experiencia adquirida a lo largo del tiempo” (Detienne y Vernant en De Certeau, 1996:91). La metis se caracteriza por el despliegue de cierta astucia que permite “aprovechar la ocasión”, y así “sacar provecho de fuerzas que (…) resultan ajenas” (De Certeau, 1996:50). En un sentido similar, los podadores piden a los vecinos, cuando les parece que es “gente tranquila”, para podar desde sus terrazas y evitar tener que “colgarse”. Otras veces, se valen de los elementos de la calle para facilitar su trabajo: utilizan los postes de luz para reducir la fuerza empleada, o las vallas y volquetes de las obras en construcción como sostén para treparse a los árboles. Como se observa en este fragmento de campo:

Enzo se está colgando de un plátano de más de diez metros. Merlo y Marcos lo ayudan a sostenerse con una soga que Enzo lleva atada a la cintura y cuelga de una horqueta más alta, para que quede tirante. Desde abajo, sus compañeros agarran el extremo opuesto de la soga, para ayudarlo a que se sostenga mientras poda. Para reducir la fuerza empleada y evitar quemarse la mano por la fricción, Merlo coloca la soga alrededor de un poste de luz y tira de costado, logrando un “efecto palanca”. Merlo y Marcos le van dando indicaciones y consejos desde abajo de cómo podar, de dónde agarrase y cómo atar las ramas. Merlo le dice que, para cortar una rama especialmente grande, haga “bisagra”, es decir, que corte la rama de manera que quede colgando sin caer, para luego atarla con otra soga desde un extremo e irla bajando de a poco, evitando dañar los autos estacionados debajo. (Registro de campo, 15/08/2019)

Cabe aclarar que destacar el ingenio y la astucia que despliegan los podadores, si bien implica un reconocimiento de sus habilidades, no pretende romantizar las condiciones laborales adversas y los inmensos riesgos a los que deben someterse. Por el contrario, estos modos de “ingeniárselas” son un recurso al que apelan para paliar –la mayoría de las veces, de manera insuficiente– las precarias condiciones laborales y la escasa provisión por parte de la empresa de herramientas y medidas de seguridad adecuadas.

Más allá de que el despliegue de la metis es especialmente importante en el caso de los podadores, producto de su experiencia y debido a la enorme exigencia física y riesgos implicados en su trabajo, también, como vimos, ésta se encuentra presente en el trabajo de las inspectoras, que deben permanentemente adaptar los criterios técnicos, abstractos y generales, a las condiciones concretas de cada contexto puntual. En un entorno como el de las podas, un seguimiento mecánico de los criterios técnicos, basados exclusivamente en “un profundo conocimiento anatómico de la biología de los árboles, es materialmente imposible. Como señala Scott:

Por ellas mismas, las reglas simplificadas nunca pueden generar una comunidad, una ciudad o una economía funcionales. Para ser más explícitos, el orden formal es siempre, en gran medida, parasitario de procesos informales que los esquemas formales no reconocen y, sin embargo, sin ellos, no podrían existir ni funcionar (1998:310, traducción propia).

La flexibilidad en la aplicación del saber técnico, este permanente proceso de negociación que fui describiendo, produce, como señala Anand, “una forma de autoridad durable y a la vez ‘porosa’” (2015:325, traducción propia), que permite a los podadores y a las inspectoras adaptarse en su trabajo, de manera astuta e ingeniosa, a entornos complejos y cambiantes. Esta “porosidad”, este conocimiento parcial y situado, es fundamental porque, como se trabajó a lo largo del artículo, no hay garantía última del conocimiento técnico, una naturaleza exterior y fija que se comporte siempre igual, que “no dé lugar a dudas ni discusiones”.

Reflexiones finales

A lo largo del artículo se abordaron las tensiones que las inspectoras y los podadores identifican y experimentan entre lo técnico y lo político. Lo técnico, en consonancia con los planteos de Weber, serían normas racionales, fijas y claras –que “no dan lugar a dudas ni discusiones”–, a diferencia del mundo de la política, regido por valores e intereses personales, que siempre están sujetos a un debate intrínsecamente imposible de saldar y, por lo tanto, a un conflicto permanente.

En este sentido, se mencionó la crítica que hace Latour a “los modernos” (2004; 2007), en su diferenciación –muy presente en la obra weberiana– entre los “asuntos de hecho” y los “asuntos de interés”. Como fue desplegado a lo largo del artículo, no hay “asuntos de hecho” que queden por fuera de la discusión y el debate: incluso, hay controversias entre los expertos en torno a los criterios técnicos y un gran margen para la decisión de cada inspectora. Como señala Latour (2017), las decisiones “técnicas” también son decisiones “de interés”. En este sentido, Bijker y Pinch (2008) hablan de la “flexibilidad interpretativa de los hechos científicos”, para mostrar que los científicos disponen de diferentes interpretaciones de la naturaleza y por ello la naturaleza, por sí misma, no resuelve de manera determinante sus debates.

Por lo tanto, inevitablemente, más allá de que las políticas públicas se planteen como un mero problema de “gestión” (Tufró, 2008), como una mera aplicación de técnicas racionales y soluciones “naturales” (Shore, 2010), la técnica –el conocimiento racional científico– y la política –las disputas, los valores, las pasiones– se encuentran indisociablemente mezclados. De hecho, como señaló una inspectora, su presencia como profesionales técnicas “suma puntos al Gobierno de la Ciudad”: la apelación a la objetividad científica –la contratación masiva de “especialistas”, la presencia de “máximos referentes científicos” (2013:5) en la elaboración del Plan Maestro– es movilizada con fines políticos, para mostrar la “eficiencia” en la gestión del Gobierno de la Ciudad (Ver más arriba Figura 1). Paradójicamente, se apela a lo técnico, e incluso se contratan las mismas inspectoras, por motivos que mis interlocutores denominan políticos.

Si bien los actores permanentemente señalan que, en teoría, o idealmente, la poda debería ser una aplicación exacta de los criterios técnicos, afirman que “las cosas no son ideales en la ciudad”. En este sentido, la práctica, las circunstancias materiales y concretas en que se realiza el trabajo de poda en el ambiente urbano, se plantea como una “tercera posición”, en la que técnica y política se combinan de maneras particulares, en contextos específicos. Implica un profundo trabajo relacional, complejo y situado que requiere del despliegue de una metis (Detienne y Vernant, 1991; Scott, 1998; Artaud, 2012; Anand, 2015), una habilidad práctica para analizar atentamente el contexto y adaptar los criterios técnicos abstractos a las condiciones particulares de cada situación.

Es importante aclarar que la afirmación de que los criterios técnicos se discuten y se negocian no implica, en absoluto, restarles relevancia. En el caso del arbolado, como señalaron inspectoras, vecinos, e incluso algunos podadores, sin negar el profundo conocimiento práctico de los podadores, la incorporación de las inspectoras y de los criterios técnicos permitió mejorar sustancialmente las intervenciones, logrando cierta independencia de lo que la empresa, con claros intereses económicos, les ordenaba. Como fuimos desarrollando, en el marco de las condiciones reales que existen en la ciudad, a través de un complejo proceso de negociación, los podadores e inspectoras tratan de “cuidar a los árboles dentro de lo posible”. A diferencia de la postura moderna clásica de Weber, la “porosidad” de las reglas y los procesos informales de negociación, en lugar de ser una distorsión que deba evitarse, es lo que permite que las cosas, efectivamente, funcionen, en un contexto “que no es el ideal”.

Estas reflexiones adquieren en la actualidad particular importancia, excediendo el caso puntual del manejo del arbolado urbano. En relación a la pandemia de Covid–19, por ejemplo, diversos informes y artículos de la Red del Estudio Nacional Colaborativo de Representaciones sobre la Pandemia en Argentina (ENCRESPA) mencionan, como factores que generaron desconfianza frente a las medidas sanitarias y la vacunación, a la visibilidad pública de los debates y desacuerdos entre especialistas (Gallino y Scharager, 2021) y especialmente, a la vinculación entre “saber” y “política”, que se identificaba negativamente a “intereses”, “valores” (Red ENCRESPA, 2021), “privilegios” y “corrupción” (Balsa y red ENCRESPA, 2023; Bracco, y Red ENCRESPA et al, 2021). Como si el hecho de que el saber técnico–científico estuviera sujeto a los vaivenes de la política y de la práctica, a las contingencias de las relaciones sociales, le quitara validez.

Por el contrario, como muestra el caso desarrollado en este artículo, los podadores e inspectoras, en su trabajo artesanal de negociar con “lo que idealmente habría que hacer”, articulan inevitablemente elementos técnicos, prácticos y políticos, sin reducir, de manera definitiva, ninguno de estos aspectos a los demás. Hoy más que nunca, frente a los desafíos que nos plantean los cambios en nuestro medio ambiente, se vuelve urgente hacer lugar a un conocimiento técnico que no sea materia exclusiva de un reducido grupo de especialistas –que haga lugar a otro tipo de saberes–, y que se reconozca flexible y discutible, indisociable de las pasiones, tensiones y contradicciones propias de todo mundo social.


1 El primer tomo del Plan Maestro de Arbolado fue presentado en 2013 por el Ministerio de Ambiente y Espacio Público (MAEP) junto con la Dirección General de Arbolado del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. El Plan Maestro propone una planificación centralizada para “establecer las políticas, objetivos, estrategias, directrices, criterios y procedimientos necesarios para asegurar la sustentabilidad del arbolado público de la CABA” (2013:9).

2 Entre los “vecinos importantes”, las inspectoras mencionan, por ejemplo, a las empresas constructoras, que muchas veces pretenden extraer los árboles frente a las obras, más allá de lo que dictaminen los criterios técnicos.

3 Entre otras cosas, los criterios técnicos determinan las épocas permitidas de poda en las que, debido al metabolismo de las especies, se puede realizar generando “pocos perjuicios para la planta” (MAEP, 2013:86-87). En el Plan se contemplan las podas de verano, en las cuales se realizan cortes más pequeños –cuando el árbol “se encuentra en plena foliación durante el período vegetativo”- y las podas de invierno –cuando “el ejemplar se encuentra en el período de reposo” (2013:86-87). Entre septiembre y diciembre, y entre marzo y mayo se extienden los períodos de “veda de poda”, en que los podadores –al menos en teoría- se dedican exclusivamente a emergencias y extracciones.

4 “Transa” refiere coloquialmente a transacciones o asuntos deshonestos, y a las personas involucradas en ellos.

5 Coloquialmente, comprometido en asociación ilícita.

6 Incluso, mencionaron ciertas controversias en torno al mismo Plan Maestro. En la entrevista con un especialista, el “Maestro” Olivera, éste explicó que los datos del censo, en los cuales el Plan se basa, hay que “tomarlos con pinzas”, porque fueron recabados por estudiantes recién salidas de la Facultad (muchas de ellas, actualmente inspectoras) que, para él, no tenían la información ni las herramientas suficientes para llevar a cabo un censo “seriamente”.

7 Sobre este concepto, resulta relevante remitir, fundamentalmente, a la obra de Detienne y Vernant, “Las artimañas de la inteligencia” (1974), que se dedica a la descripción del pensamiento de la Grecia Antigua, y aborda la noción de “metis” en su oposición a los conceptos de “episteme” y “techné”. En mitología, Metis es una titánide que se asocia a la prudencia, la sabiduría y la astucia. La titánide es conocida por las artimañas con las que se aparta repetidas veces de la “conquista” amorosa de Zeus, metamorfoseándose ingeniosamente en diversas formas.

8 Durante mi trabajo de campo conversé con vecinos de una organización crítica de las podas llamada “Basta de mutilar nuestros árboles”, que describía a los podadores como “brutos”, “salvajes” e “ignorantes”.

Imagen 1. Foto del equipo técnico, con casco y uniforme, en la página del Gobierno de la Ciudad.

Imagen 2. Marcos “colgado” podando un fresno, parado sobre una rama delgada. Fuente propia.

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